El miedo a escribir un libro no es el que crees

Auzors-Miedo a Escribir un libro

Hay un malentendido sobre el miedo a escribir un libro. Casi todo lo que se publica sobre el tema asume que eres un escritor novato peleándose con la página en blanco. Que necesitas técnica, rutina, disciplina… Pero el directivo, el experto, el fundador que lleva años pensando en su libro casi nunca tiene ese problema. Su miedo es otro, y nadie lo nombra.

El miedo real no es no saber escribir. Es sonar a otro.

Un directivo sabe perfectamente lo que piensa. Lo ha defendido en consejos, lo ha explicado a su equipo cien veces, lo tiene clarísimo. Lo que le frena es la sospecha de que, al pasarlo a un libro, va a quedar como uno más. Que su criterio, que en una conversación suena afilado, sobre el papel va a sonar a manual de autoayuda empresarial. Y tiene razón en preocuparse, porque eso pasa constantemente.

Junto a ese, hay otros tres miedos que sí son reales y conviene mirar de frente.

El miedo a exponerse y quedar flojo.

Publicar un libro es poner tu nombre encima de algo permanente. Un mal post de LinkedIn se olvida en una semana; un libro mediocre te persigue. Para alguien cuya reputación es su activo principal, ese riesgo no es una tontería. Es la razón más sensata para no escribir un libro a la ligera.

El miedo al tiempo.

No es falta de disciplina, es que la agenda está llena de verdad. La idea de robarle dos horas al día durante un año a una vida que ya va al límite es, sencillamente, poco realista. Y los consejos de «escribe 30 minutos cada mañana» no resuelven nada cuando esos 30 minutos no existen.

El miedo a empezar.

No por pereza, sino porque hay tanto que contar que no se ve por dónde. Diez años de experiencia no se ordenan solos. Esa sensación de «tengo demasiado y nada a la vez» paraliza más que la falta de ideas.

Lo que tienen en común estos cuatro miedos es que ninguno se resuelve escribiendo más. Se resuelven cambiando la forma de trabajar.

Por eso nuestro método no parte de que te sientes a escribir.

Parte de que hables. En las entrevistas no te enfrentas a ninguna página en blanco: respondes, cuentas, discutes, igual que harías en una reunión. El miedo a sonar a otro desaparece porque trabajamos sobre tus palabras reales, grabadas, con tus giros y tu forma de explicar las cosas. El miedo al tiempo se reduce a unas horas de conversación, no a un año de madrugones. Y el miedo a no saber por dónde empezar lo asumimos nosotros: ordenar el material es nuestro trabajo, no el tuyo.

Queda el miedo a exponerse. Ese no lo eliminamos, y sería deshonesto prometerlo. Lo que hacemos es quitarle el motivo: si el libro está bien hecho, dice lo que tú piensas y suena a ti, la exposición deja de ser un riesgo y pasa a ser lo que buscabas desde el principio. La gente expone un libro flojo con miedo. Un libro que de verdad recoge tu criterio se expone con ganas.

Así que la próxima vez que aparezca el miedo, vale la pena preguntarse cuál de los cuatro es.

Porque ninguno es una señal de que no deberías escribir tu libro. Son señales de que no deberías escribirlo solo, ni de cualquier manera.